Es la muerte, sin duda algo que tenemos incrustado en lo más profundo de nuestro ser, de hecho, morimos constantemente en pequeñas porciones a nivel celular, todo el tiempo estamos muriendo, nuestro cuerpo envejece y va muriendo paso a paso.
Pero no se me ocurrió esta entrada en el blog para filosofar sobre la muerte o para debatir si es o no buena o mala. No, nada de eso. Se me ocurrió hablar de la muerte porque noté algo muy curioso hace muy poco tiempo e intento dilucidar por qué ocurre. Pero antes, les voy a contar una historia de la que fui partícipe ocasional. Un testigo involuntario. Un bolo de la circunstancia.
Hace poco tiempo fui con mi mujer, mi suegro y mi cuñada a visitar al hospital a mi suegra. Por suerte se trataba de una visita de rutina, nada grave. Confieso que no estoy acostumbrado a los horarios de los hospitales municipales, no soy alguien que se pueda jactar de rondar la medicina en ningún aspecto, llámese como paciente o como visitante eventual de un paciente. La cuestión es que ahi nos encontrábamos los cuatro, en un pasillo sin sillas en espera que comience el horario de visita que constaba de treinta minutos corridos. Faltaba un poco todavía para que abran las puertas para las visitas, asi que nos acomodamos lo mejor posible.
El pasillo era un corredor de unos diez metros de largo por dos de ancho. De un lado estaban los ascensores y los baños, y del otro había un gran ventanal de vidrio que abarcaba toda la pared. En las dos esquinas del pasillo había una entrada de cada lado, una hacia terapia intermedia y otra que daba a terapia intensiva. Mucha gente miraba -al tiempo que conversaban- por el gran ventanal, donde podía verse un patio interno con un árbol inmenso cuya altura sobrepasaba la del edificio sin ningún esfuerzo. El árbol era una clase de pino, no sé el nombre, pero no cabía duda que a las palomas les encantaba. No sólo estaba la parte desnuda de las ramas gruesas completamente cagada por estos animales, sino que en la parte más angosta, donde podían encontrarse las hojas, habían varios nidos con pichones de considerable tamaño -supongo yo- que esperando la llegada de sus progenitores por su ración diaria de alimento.
La gente conversaba en el pasillo. Habían no menos de veinte personas. Algunos estaban sentados en el piso, otros de pie, otros en cuclillas; había chicos, grandes, abuelos y -sigo suponiendo yo- amigos. Se habían formado varios grupos, y cada cual hablaba de lo suyo. Yo interpreté que se trataba de los familiares de diversos pacientes.
Era un día de comienzos de Primavera, la temperatura era ideal. La luz del sol entraba tangencialmente por los grandes vidrios de las ventanas y daba una sensación de bienestar general.
La mayoría de la gente hablaba -entre frases pisadas por otras conversaciones- sobre mas o menos los mismos temas. Que la tía de no se quién había sufrido no se qué enfermedad, otro parloteaba algo sobre un derrame. Supongo que es normal que al encontrarse en la situación de estar en un hospital, la gente hable de enfermedades, por los mismos extraños motivos -sigo suponiendo- que la gente que se encuentra en un velatorio habla sobre la muerte.
Faltaban todavía 15 minutos para que comience el horario de visita y, ciertamente, se notaba que la gente se encontraba bastante tranquila, ni expectante ni ansiosa. Cosa rara -creo- por encontrarse en el área de terapia intensiva de un hospital.
La gente seguía compartiendo mates lavados y unas galletitas redondas con dulce de membrillo en el medio. Pasaban los minutos y los que estaban parados se acuclillaban, otros se paraban y otros, directamente, se sentaban en el piso sin mucho complejo. Nosotros cuatro, por nuestra parte, no hablábamos mucho que digamos, sólo esperábamos que llegue la hora de visita.
Unos pocos minutos antes que abran las puertas, un familiar de los que aguardaban en el pasillo cerca de las puertas -una mujer- ve pasar a un médico, especulo yo, que se trataba del médico que atendía a su familiar y, sin mediar palabra con el guardia que se encontraba custodiando -sin mucho esmero- la puerta del otro lado, se adentra puertas adentro y se pone a hablar con el médico.
-Qué impaciente -pensé yo-, ya casi es la hora de visita.
Los pichones de paloma seguían dormitando y, cada tanto, estiraban las alas sin siquiera abrir los ojos, como si lo hicieran como un acto reflejo.
Se veía al médico hacer algunos ademanes a través de las pequeñas ventanas de vidrio circulares en cada una de las puertas. El médico se encontraba de frente, mientras que el familiar estaba de espaldas. Luego de algunos segundos de charla, puede verse claramente que la mujer se lleva una mano a la frente y emite un chillido desgarrador.
En ese momento me di cuenta que toda la gente que se encontraba en aquel pasillo habían venido juntos. Se agolparon contra las puertas y luchaban por abrirlas, algunos para adentro, otros para afuera. Finalmente la mujer sale y puede vérsela claramente perturbada por la noticia que el médico acaba de darle. Todo mundo rodeó a la mujer y comenzaron a acosarla para que diga qué era aquello que le había dicho el doctor.
Aquella gente, en su gran mayoría -si no toda- se veían humildes, y creo que eso justifica la frase que la mujer repitió -seguramente en forma textual- y que todos en aquel pasillo alcanzamos a escuchar:
-Se le desconectó el cerebro, están esperando que se le pare el corazónAquellas palabras sonaron como un trueno que ensordeció por unos instantes a todos los que presenciábamos -como partícipes activos o de prestado- aquella escena.
Todos comenzaron a llorar, algunos gritaron a través de las ventanas, en un intento de liberar toda aquella tensión. Incluso una mujer -intuyo que la abuela- colpeaba la pared con el puño cerrado, al tiempo que -intuyo nuevamente- uno de sus hijos la tomaba del brazo para que dejara de hacerse daño.
La escena era absolutamente trágica. Todos los que no éramos parte de aquel grupo de familiares y amigos nos sentimos -por nuestras caras- como sapo de otro pozo. Inmediatamente nos fuimos al piso de abajo sin mediar palabra.
La escena continuó un rato más. Podían oirse los gritos y los pedidos desesperados de explicaciones a Dios. Dudo que en ese momento Dios les haya dado un porqué; dudo también que alguna vez se los vaya a dar.
Aquella tarde -a falta de evidencia- inventé que aquella persona en terapia era un pibe joven. No había evidencia de nada, ninguno de los presentes en el largo rato que estuvimos en aquel pasillo dio pista alguna ya sea de la identidad del paciente, de su edad o de las causas que lo habían llevado a ese lugar y en esas circunstancias.
Pero la historia podría cerrarse con que era un pibe, tal vez de diecisiete años que iba en su moto, circulando como un pibe de diecisiete años circularía, sin casco y creyendo que era inmortal, al menos lo era hasta el momento que lo embistiera un imaginario auto en la intersección de alguna diagonal de La Plata.
Cuando presencio un hecho trágico o traumático -por suerte esto me sucedió muy pocas veces en mi vida- me quedan los recuerdos de los momentos rebotándome en la cabeza durante días y días. Esta no fue la excepción. Muchos días después de aquel incidente, aun recuerdo las palabras, los chillidos, las caras transformadas y la fria presencia de la muerte.
Hoy, seguramente, aquellas palomas en el pino ya vuelan y andan buscando algún otro árbol en los que anidar y dejar su descendencia. También seguramente aquel corazón de diecisiete años ya dio su último latido y dejó de bombear.
Esta experiencia me dejó un sabor amargo en la boca, y un recuerdo que va a perdurar un tiempo más con vívidas imágenes en mi cabeza. Ahora pareciera que veo la muerte en todos lados, no rondándome, sino que dejo de ignorarla, al menos un poco. La veo constantemente en los noticieros. Escucho cómo la describen, cómo arrebató a su ser querido en manos de algún delincuente, en un accidente de tránsito o en alguna otra circunstancia -siempre trágica-. Platos distintos con el mismo condimento, el mismo sabor.
Y todos aquellos familiares coinciden en algo, todos demuestran su predisposición genética a aceptar la muerte, y es curioso. Están tan dispuestos a aceptarla genéticamente en forma inconsciente como a no aceptarla intelectualmente. Me pasó muchas veces de estar viviendo en el mes de Enero, incluso en Febrero y aún seguir poniendo el año anterior al escribir una fecha. No soy el único, estoy seguro.
Lo que nunca escuché -al menos hasta el momento- es que alguno de esos entrevistados, a veces al lado del cuerpo aún tibio de su familiar querido tumbado en el piso y cubierto por una sábana -en el mejor de los casos- que se equivoque en la conjugación de cualquier verbo cuando hablan del difunto, automáticamente hablan en pasado respecto de esa persona.
No importa si pasaron cinco minutos del deceso, ya no conjugamos un verbo en presente al hablar sobre esa persona. Y nunca volvemos a hacerlo. El cambio es tan rápido, tan automatizado que no queda otra opción que pensar que lo tenemos incorporado, como un reflejo.
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